Hola, me llamo Eduardo Andrés Prieto Aliaga.
No me conoces aún, pero te digo desde ya que soy tu hijo. Sí, quizás esta carta te sorprenda un poco: ¿cómo logré ubicarte? ¿Cómo supe que era s mi padre? ¿Qué pruebas tengo para afirmarlo? Todas esas preguntas no tienen un gramo de importancia en esta carta, si me crees bien si no bien también. En lo que me concierne estoy completamente seguro de lo que estoy haciendo.
Como te dije anteriormente, me llamo Eduardo, bonito nombre ¿verdad? Yo estoy bastante contento con este nombre aunque hayas sido tu quien me lo puso. Vivo contento y orgulloso de ese nombre que te heredé. Eduardo… dime, ¿mi abuelo se llamaba igualmente Eduardo o tú fuiste el primero de la familia? me interesaría saberlo aunque sé que no me responderás y que tengo que encontrar las respuestas por otro lado. Y pucha que tengo preguntas que hacerte. Pero bueno, esto no es una carta para preguntas, o sea no era mi primer objetivo, pero sabes cómo es cuando se le empieza a escribir a alguien, las ideas se cruzan y al final se termina uno desviando de lo que quiere contar.
Tengo una novia, es preciosa. Tiene unos ojos verde-grises que se pliegan cuando ríe. Una sonrisa infantil y una expresión felina cuando trata de atravesarte con la mirada. Es una artista, pinta, canta, y por sobre todo ama, los colores, la naturaleza, la vida y a mí. Estremece todo a su alrededor cuando hacemos el amor, y transpira una felicidad que traspasa todo psicotrópico cuando jugamos a ser amantes. Son aquellos pequeños instantes de nada que se recogen cotidianamente entre carcajadas y llantos que me hacen amarla tanto. Ella es un pedazo de alegría sin el cual no podría estar escribiéndote ahora. Los domingos vamos al parque, nos echamos en el pasto y ella canta y toca el acordeón… yo la escucho nada más y veo como se van acercando los niños y los amantes adolescentes, los bebés se adormecen y los ánimos se volatilizan. Pero también hay días de ira, días y semanas donde desaparecemos del mapa puesto que sabemos muy bien que la violencia fluye con sangre irritada de rutina; no nos devastamos.
También quería darte la noticia de que eres abuelo, de dos pequeños: Margarita y Camilo. Son dos pequeños que aún no saben donde ponen los pies pero que tienen una chispa y una vitalidad que no vienen de la parte materna, la familia de la mamá son todos depresivos, esquizofrénicos o bipolares. Basta con verlos para necesitar a un psiquiatra urgentemente. De hecho por eso prefiero tenerlos cerca de mí en vez de que estén con la familia de la mamá. Les gusta jugar fútbol, y muy seguido es Margarita que le lleva la delantera a Camilo, es una pequeña con muchas habilidades y no cesa de insistir con ideas circenses, la verdad yo estoy bastante de acuerdo pero su mamá tiene miedo, dice que aún es muy pequeña que su cuerpo es demasiado frágil para una actividad tan brusca. Yo insisto pero la verdad llevarle la contra es más complicado de lo que parece, tiene un carácter endiablado que heredó Margarita, por eso se llevan tan mal. Camilo al contrario es más tranquilo, al menos en apariencia, es un chico inteligentísimo y aprende, mucho más rápido que su hermana, las primeras tácticas de manipulación con los adultos. Un pequeño muy observador, demasiado diría yo; durante horas lo he visto observando a su hermana o incluso a sus amigos jugando, a veces es como si no perteneciera a éste mundo, en todo caso le gusta apartarse de este. Camilo es mucho menos físico que Margarita, es lo que se puede llamar un pequeño intelectual, le encanta la música e insiste con querer aprender el triángulo, le fascina su sonido claro y brillante. Tengo la convicción de que estos retoños serán grandes personas, me lo muestran sus sonrisas que se llenan de pasión y de brillo cuando se trata de jugar o de descubrir nuevas cosas.
Para mí el hecho de ser padre siempre fue símbolo de sacrificio, de responsabilidades tediosas, cuando en realidad es la aventura más entretenida y vertiginosa que me ha tocado vivir. No sabes de lo que te perdiste, y tanto mejor porque si no te revolcarías en tu tumba.
Podría seguir horas y horas, pero creo que por ahora lo dejaré hasta aquí, ha sido suficiente para una primera vez, tengo que dejar que las palabras vengan en orden, por ahora ya fue demasiado esfuerzo plasmarlas tal como están.
Te pediría una cosa, y miles si pudiera, pero de ti ya no puedo esperar nada. Nunca es tarde para el perdón. Yo no te perdono puesto que no tengo nada que perdonarte, pero tú quizás tengas cosas que perdonarte… más vale tarde que nunca. Menos mal que para mí nunca no existe y sé que desde dónde estás ahora, dejándote llevar por las olas del mar todavía puedes dejar que los torbellinos te limpien y que puedas desaparecer de ese mar tumultuoso.
Espero que no llores lágrimas de ceniza, puesto que las lágrimas sin sal no limpian el alma y escribo para limpiarlas, la tuya y la mía, como máscaras con doble cara que desconocen su otra mitad.
Se despide por ahora y para siempre.
Eduardo.