Hoy nos arrancamos de la miseria.
Hoy el cerebro arde y la tierra tiembla, las ideas brillan y se apagan, en un pestañar las vidas florecen y desaparecen.
Hoy somos tantos y tan poca cosa… somos tan felices de serlo.
Hoy creo que hemos vivido, lo poco y nada de vida que va quedando bajo el frío cemento de la capital. Es de creerle a aquellos que dicen que solo la destrucción de una historia puede dar inicio a una nueva, que solo el desarraigo nos lleva al comienzo de todo.
Hoy es sábado, pero pareciera domingo funesto.
Hoy la gente duerme y tirita al son de las noticias.
Hoy es el día en que descubrimos que tenemos tanto en común, puesto que el vecino también sonríe, al igual que nosotros, el vecino también tiene miedo, al igual que nosotros, el vecino también llora al igual que nosotros, el vecino también te estima sólo por parecerte un poco a él.
Hoy, de luto, celebramos la fiesta de la destrucción y el caos. Rezamos porque este siga existiendo en las memorias de los vivos.
Hoy salimos de la casa y nos dimos cuenta de que algo andaba mal, descubrimos que la tan sagrada palabra seguridad no existía, y fuimos tan dichosos.
Hoy vimos crecer la planta bajo el asfalto de la alameda, tan sólo un poquito pero allí estaba, así descubrimos que vivíamos en un mundo de juguete plastificado… Claro, nunca habíamos visto tanta semejanza entre el cielo y la tierra.
Hoy muchos creen que mañana será otro día pero definitivamente será el mismo de ayer pero no de hoy.
Afortunadamente hay quienes creen que la muerte sigue, así que no permitamos que la naturaleza nos muestre lo valioso que pueda llegar a ser la vida. La muerte sigue y la electricidad llega a las casas, a las oficinas, a los centros comerciales. La muerte sigue y nos llama despacito a retomar su ritmo cansador y confortable.
La muerte sigue y estas letras desaparecen
de a poquito
lentito
como en un sueño
si…
no fue más que un sueño.